En los últimos años, la sociedad ha desarrollado una mayor sensibilidad hacia el uso del lenguaje inclusivo, especialmente en temas relacionados con la imagen corporal. Sin embargo, los últimos informes sobre bullying siguen provocando una paradoja: en el 54,9% de los casos, el aspecto físico sigue siendo uno de los principales motivos de discriminación y agresión entre los menores. Entonces, ¿qué sucede en un escenario de aparente libertad de expresión como las redes sociales? ¿Cómo hablan y cómo se relacionan con el cuerpo? ¿Hay más respeto o más crueldad?
Body shaming, frase inglesa que define el acto de burlarse, criticar o ridiculizar directa o indirectamente el cuerpo de otras personas, es un fenómeno aprendido que se internaliza y reproduce, en parte, a través de la imitación. En el entorno digital, los adolescentes también hacen lo que ven hacer a los demás, como en casa o en clase.
Sin embargo, nuestra investigación reciente apunta en una dirección diferente. En un contexto digital, los menores no sólo “copian” comportamientos en función de lo que escuchan o ven. Ver este tipo de contenido no significa automáticamente que te comportes de la misma manera. Lo que les empuja a reproducir el body shaming son factores emocionales como experiencias negativas previas o vivir con miedo a ser criticados o ridiculizados.
Es el clima de inseguridad y vulnerabilidad de las redes sociales lo que facilita el mantenimiento de esta dinámica, propagándose de un usuario a otro.
Cuando las burlas se vuelven rutinarias
A partir de una muestra de más de mil adolescentes españoles, no encontramos relación directa entre ver (otros se burlan o critican) y participación. Por otro lado, hemos identificado dos factores que influyen claramente en la práctica: vivir experiencias previas de humillación y sentir miedo y ansiedad constantes de ser juzgados por su apariencia física. En ambos casos, la implicación en la burla a terceros es mayor, incluso cuando adopta formas aparentemente inofensivas, como reaccionar o compartir ese contenido.
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En el estudio, encontramos que la mayoría de los adolescentes no ofenden directamente ni crean contenido para ridiculizar per se. Sí, muchas veces participa sin ser plenamente consciente en pequeñas formas de burla: un “me gusta”, un meme reenviado a un grupo privado o perfil público, una reacción cómplice. Interacciones mínimas, casi invisibles, que normalmente no se perciben como problemáticas, pero que con el tiempo contribuyen a que la burla del cuerpo se perciba como algo natural y aceptable.
Este tipo de participación de “baja intensidad” juega un papel importante en la difusión de la vergüenza corporal. Al no ser vivido como una agresión explícita, rara vez genera rechazo social, reflexión o autocrítica. Al contrario, suele integrarse en la dinámica diaria de interacción en las redes sociales: comentar, reaccionar, compartir. Así, la burla se convierte progresivamente en una forma más de estar en línea, diluyendo la responsabilidad individual y reforzando la idea de que “no pasa nada”.
¿Están las niñas más expuestas?
Nuestros resultados muestran además diferencias relevantes si atendemos al género de los menores. Las niñas tienden a expresar niveles más altos de miedo a exponer sus cuerpos y más preocupación por cómo serán percibidos sus cuerpos en las redes sociales. Es decir, experimentan una presión más intensa para parecer “adecuados” en espacios marcados por este juicio y comparación permanente.
Por el contrario, son los chicos los que más se implican en determinadas prácticas de burla, básicamente aquellas que son más visibles, como comentar, reenviar y compartir contenidos creados por otros usuarios para burlarse del aspecto físico de otra persona. Esta combinación genera una dinámica desigual, pues, si bien soportan una mayor carga emocional asociada a la (auto)vigilancia y la inseguridad corporal, fomentan esta práctica ofensiva.
Las redes sociales infectan sin querer
Estos patrones de género no ocurren fuera de contexto. Prosperan en un entorno digital que aumenta la incertidumbre y convierte la comparación corporal en una experiencia de cuestionamiento constante.
Imaginemos una situación cotidiana. Alguien está comentando sobre nuestro cuerpo. Quizás se esté refiriendo a nuestros abdominales o a su falta de definición. Por curiosidad (o inseguridad), buscamos ese rasgo en las redes sociales y comenzamos a consumir contenido similar. A partir de ahí, el algoritmo hace su trabajo: aparecen más vídeos, más imágenes, más organismos reguladores. La pantalla se llena de referencias y reacciones. Todos parecen encajar. Excepto nosotros.
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Lo que comienza como una búsqueda ingenua puede convertirse en un bucle difícil de romper que infecta de manera más sigilosa a los usuarios más jóvenes. Vale la pena considerar que los sistemas de personalización de estas plataformas, aparentemente diseñados para organizar contenidos, refuerzan esta comparación y fomentan la sensación de que el propio cuerpo (o el cuerpo de otro) está fuera de lugar, ya sea por idealización o filtrado, o por estigmatización.
Un desafío para no juzgarte a ti mismo
Esto presenta un desafío verdaderamente complejo para las familias, los gobiernos, los docentes y las propias plataformas. Si el problema no es sólo lo que se ve, sino también cómo se percibe en las redes, no basta con prohibir, vigilar o censurar. Es necesario enseñar a los adolescentes a reconocer sus inseguridades, a cuestionar las comparaciones y a comprender el impacto de sus gestos, incluso los más pequeños, en el entorno digital.
La educación de las nuevas generaciones no puede limitarse a normas y recomendaciones técnicas: también debe integrar la empatía, el pensamiento crítico y la responsabilidad colectiva. Sólo así será posible romper el clima contagioso en el que la vergüenza corporal se ha convertido en una rutina y sustituirla por formas más respetuosas en Internet.
La versión original de este artículo fue publicada en la Revista Telos, de Fundación Telefónica.
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