Diez coincidencias inesperadas entre el marxismo y la extrema derecha actual

ANASTACIO ALEGRIA
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En las últimas elecciones autonómicas de Aragón, la extrema derecha duplicó su representación. No fue un salto aislado: se da en distintos territorios de España y Europa. El crecimiento se explica no sólo por la ira o la protesta, sino también por cuestiones culturales o de identidad.

Para entender esto, vale la pena mirar algo menos obvio.

A primera vista, el marxismo y la extrema derecha parecen opuestos irreconciliables, en objetivos, valores y horizonte político. Se nació como un proyecto emancipador; el otro sugiere orden, cierre y jerarquía. Pero si observamos cómo analizan el malestar social, surgen sorprendentes similitudes. No hablamos de equivalencia ideológica, sino de similitudes en la forma de leer la realidad.

Algunos grupos de extrema derecha –como Vok en España– utilizan herramientas analíticas que recuerdan a las desarrolladas por Karl Marx, aunque las rechazan explícitamente. No citan a Marx ni se reconocen en su tradición, pero comparten ciertos mecanismos de interpretación del conflicto social.

Aquí están los diez partidos:

1. Ven el malestar como algo estructural

No lo reducen a decisiones individuales. Si los salarios son insuficientes, si los alquileres aumentan, si el empleo es inestable, la explicación no es simplemente “falta de esfuerzo”: hay un sistema que produce ganadores y perdedores. Ambos enfoques parten de la idea de que el problema no es sólo personal.

2. Ponen el conflicto en el centro

Para ambos, la sociedad no es un espacio neutral donde todos ganan. Está atravesado por tensiones. Hay intereses en competencia, grupos que se benefician y otros que soportan los costos. Este punto de vista conflictivo es más claro y movilizador que los discursos que hablan de un consenso permanente.

3. Construyen un claro antagonismo

Mientras el marxismo hablaba de capital y trabajo, la extrema derecha habla de personas y élites, nación y globalismo, ciudadanos y burócratas. Aunque los términos cambian, la lógica del enfrentamiento se mantiene. El mapa social está organizado en bloques reconocibles.

4. Señalan a los responsables

No hablan de “procesos abstractos” ni de fuerzas impersonales: identifican actores. Algunos apuntaban a la burguesía y otros a las élites políticas, culturales o económicas. Esta personalización del conflicto facilita la comprensión y la movilización.

5. Reconocen la dimensión material

Detrás de los debates culturales hay facturas, hipotecas y contratos temporales. La debilidad económica pesa mucho. Cuando una familia lucha para llegar a fin de mes, la discusión sobre modelos abstractos pierde fuerza. Ambos enfoques reconocen que la vida cotidiana es importante.

6. Crean el “nosotros”

Proletariado en el marxismo; un pueblo o nación de extrema derecha. En ambos casos se construye un sujeto colectivo que se siente herido. Nos da a “nosotros” identidad y pertenencia en un contexto de incertidumbre.

7. Simplifican el mapa social

Reducen la complejidad, se dividen en bloques. En política, la claridad compite con la precisión. Una narrativa demasiado matizada puede ser intelectualmente sólida pero menos efectiva. Tanto el marxismo clásico como la extrema derecha pudieron ofrecer explicaciones fáciles de entender.

8. Usan quejas

Explotación, en un caso, y humillación o pérdida de estatus, en el otro: el sentimiento de injusticia actúa como motor político. Cuando alguien siente que ha perdido algo -un trabajo, un reconocimiento, una estabilidad- busca una explicación que dé sentido a la experiencia.

9. Ofrecen explicaciones globales

No se limitan a propuestas técnicas. Presentan la historia amplia de cómo funciona el sistema y quién se beneficia de él. En tiempos de incertidumbre, las explicaciones globales crean certeza cognitiva.

10. Transforman el diagnóstico en acción

No quedan en el análisis. Se organizan, se movilizan, convierten los inconvenientes en votación. La historia no es sólo interpretativa; Está operativo. Sirve para ganar elecciones o para construir un movimiento.

La diferencia decisiva

Ahí termina la coincidencia.

El marxismo clásico buscó transformar el sistema en clave emancipadora, eliminando desigualdades estructurales, mientras que la extrema derecha actual utiliza diagnósticos estructurales para prometer orden, protección o estabilidad dentro del mismo sistema o redefinirlo en términos excluyentes.

Parte del éxito de la extrema derecha no se debe sólo a la polarización o al escándalo mediático, sino también a que ofrece interpretaciones simples y reconocibles del malestar cotidiano: salarios que no aumentan, ciudades que pierden servicios, jóvenes que sienten que vivirán peor que sus padres, trabajadores que ven que el esfuerzo ya no garantiza la estabilidad.

Mientras otros discursos se vuelven más técnicos o abstractos, la extrema derecha habla de experiencias concretas. Eso no lo convierte en equivalente al marxismo, pero sí explica por qué resuena su mensaje.

La pregunta, por tanto, no es sólo por qué está creciendo la extrema derecha. Ésa es la segunda, más incómoda: ¿quién interpreta mejor lo que la gente siente que le sucede?


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