De la corte al pub, el banquete revela la historia que comemos

ANASTACIO ALEGRIA
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¿Cómo podemos entender la comida no sólo como un nutriente, sino también como un lenguaje, un símbolo y una memoria colectiva? Durante siglos, los banquetes fueron escenarios de poder, donde se negociaban alianzas y se exhibía riqueza.

En la corte europea de finales de la Edad Media o Edad de Oro, cada gesto tenía una importancia significativa. Esto se manifestó en la disposición de la mesa, el orden de los platos servidos, los platos utilizados y la selección musical que acompañó el servicio. La comida representó una declaración política.

Sin embargo, estas prácticas no se limitaron a los tribunales. Con el tiempo pasaron al ámbito público convirtiéndose en costumbres populares, recetas familiares y rituales cotidianos que actualmente se perciben como naturales.

El banquete como arquitectura del poder

Como hemos dicho, el banquete no fue más que una exhibición escénica de poder.

En los palacios europeos y orientales, la mesa servía de escenario en el que se mostraba la magnificencia del monarca. La abundancia no sólo se limitó al ámbito gastronómico, sino que se manifestó visual, sonora y simbólicamente. La evidencia histórica revela la presencia de servicios que se abastecían abundantemente con aves exóticas, especias de rutas lejanas y pescados que sólo podían obtenerse a través de una sofisticada red logística. La comida se convirtió en un mensaje que transmitía la capacidad de trasladar el mundo a un espacio determinado.

La etiqueta y el protocolo reforzaron esta jerarquía. Se notó que había una organización clara en cuanto a las funciones de cada individuo, como la responsabilidad de servir, tallar o sentarse cerca del anfitrión. La altura de los asientos, el orden de servicio, el tipo de mantel o vajilla colocada delante de cada bocado… todo comunicaba jerarquía. Reglas aparentemente rígidas dieron forma a la cultura gastronómica en Europa y algunas de ellas han sobrevivido y se han transformado en las celebraciones actuales.

Así es en los banquetes 15-17. siglo, el orden en la mesa indicaba quién era quién sin necesidad de palabras. Esa lógica sobrevive intacta en los banquetes estatales actuales. Basta mirar cómo se negocia el menú casi como un documento diplomático en las cenas de las cumbres del G7 o del G20.

Quizás el ejemplo más sorprendente de supervivencia ritual sea el corte del pastel de bodas. El origen del gesto se encuentra en la Baja Edad Media, cuando el momento central del banquete de bodas era el reparto de pan o pasteles especiados entre las cenas. Fue un acto de unión colectiva, casi litúrgico, que integró a los invitados en una nueva alianza familiar. El novio y la novia lo rompieron juntos como símbolo de que a partir de ese momento compartirían propiedades y alimentos.

En Inglaterra, en los siglos XVI y XVII, esto se volvió más sofisticado: el pastel de bodas (el pastel de la novia) se convirtió en un objeto lleno de simbolismo, y el momento de ruptura se convirtió en el punto culminante ceremonial del banquete, equivalente a lo que sucede hoy.

Artes efímeras: el dulce como territorio de la imaginación

En aquella época también destacaron las artes efímeras del banquete, especialmente las esculturas realizadas en azúcar, tela y masa que decoraban las mesas reales. Estas piezas, que podían representar escenas mitológicas, animales fantásticos o arquitectura en miniatura, eran obras maestras destinadas a desaparecer en cuestión de horas.

Es una tradición que actualmente se resguarda en la artesanía monástica, estando la forma de presentación muy relacionada con ese brillo artístico. La repostería monumental, las dulces construcciones y las esculturas que se ven actualmente en los concursos televisivos o en las pastelerías de vanguardia son herederas directas de aquellas efímeras maravillas del Barroco.

Tarta de mazapán elaborada en el marco del acto ‘El Banquete–Oturuntza’. Basque Culinary Center de (no reutilizar)

La pastelería también ha ocupado un lugar destacado en la cocina moderna, no sólo por su dimensión técnica, sino también por su capacidad para activar el imaginario colectivo. Creaciones culinarias, como torres, maquetas y figuras, muestran la capacidad de la gastronomía para superar los límites de la realidad y convertirse en una expresión artística.

Hoy en día, en muchos talleres de repostería podemos ver esta conexión entre el pasado y el presente. Se pueden ver manos moviéndose en sus obras, desde representaciones arquitectónicas de la época del Renacimiento, comúnmente llamados “castillos de azúcar”, hasta creaciones contemporáneas hechas de chocolate, caramelo o fondant.

De la fiesta al bullicio: la cultura popular toma la mesa

Cuando decimos “de la cancha al pub” queremos enfatizar que la cultura culinaria no es algo aislado, sino que está en constante movimiento. Muchas de las técnicas culinarias que se originaron en los palacios, como la elaboración de salsas, el uso de especias, la cuidada presentación y ciertos métodos de tallado o servicio, fueron adoptadas posteriormente en la cocina popular.

Con el tiempo, la mesa se volvió democrática. Pubs, tabernas y tiendas se convirtieron en lugares donde se compartía comida y bebida y se discutía cualquier tema. Había gente de todo tipo: viajeros, artesanos, agricultores y comerciantes. La cocina popular no sólo imitó la cocina de los ricos, sino que también creó su propio estilo.

Fotografiando una comida entre soldados y mujeres.

Banquete de soldados y mujeres, anónimo. El Museo del Prado

Es un archivo vivo. Conserva gestos, recetas, símbolos y rituales que han viajado desde los lujosos salones hasta los bares.

Así, si en los siglos XV-XVII se terminaba con un servicio de dulces para “cerrar el estómago”, ahora se colocan petit fours o un clásico puñado de hierbas cortesía de la casa al final de la comida. Asimismo, seguimos poniendo la comida como ejemplo de abundancia: antes era un juego con plumas, ahora es un jamón entero en la barra. A través de los siglos ha llegado hasta nosotros una práctica cultural que se consideraba muy española: las tapas. Esta comida compartida refleja el antiguo servicio a la francesa, donde todos los platos se colocaban en el centro a la vez.

Comprender la historia de la gastronomía no es un ejercicio de nostalgia, sino una herramienta crítica para el presente. Saber de dónde provienen los gestos, recetas y rituales que hoy damos por sentados permite a las nuevas generaciones de chefs y profesionales situar su práctica en un contexto más amplio, consciente y responsable. Formar en este sentido es, en ese sentido, aprender a leer la comida como un texto vivo: uno que habla de poder, comunidad y memoria.

Finalmente, el banquete es una invitación a ver la comida como una historia que abarca siglos y continúa escribiéndose todos los días en las cocinas y mesas del mundo.

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