La reciente escalada entre Irán, Estados Unidos e Israel ha reactivado un argumento recurrente: la posición de las mujeres bajo el régimen del ayatolá como justificación del ataque y violación del derecho internacional.
La represión no es nueva. Desde 1979, los derechos de las mujeres se han visto gravemente restringidos y en los últimos años se ha intensificado la presión con campañas como el Plan Noor y la pena de muerte para sofocar el movimiento Mujeres, Vida, Libertad, activo a partir de 2022.
En diciembre de 2025, tras nuevas protestas por el cambio de régimen, la represión dejó entre 3.428 y 12.000 víctimas, según diversas fuentes.
¿Pero es éste realmente el motivo del ataque conjunto? La defensa de los derechos de las mujeres ocupó un lugar central en la justificación pública de la ofensiva. Benjamín Netanyahu se refirió al lema “Mujer, Vida, Libertad” y afirmó que la operación tiene como objetivo abrir el camino a la libertad para el pueblo iraní; Donald Trump se ha pronunciado en términos similares, afirmando buscar la liberación del pueblo iraní.
Contradicciones sobre el sufrimiento de las mujeres
Sin embargo, el bombardeo afectó a infraestructuras civiles, incluidas escuelas de niñas en Hormozgan. La contradicción es obvia: mientras se invoca el sufrimiento de las mujeres para legitimar la intervención, la guerra aumenta su vulnerabilidad y refuerza la represión interna con el pretexto de la seguridad.
Esta inconsistencia no es exclusiva del caso de Estados Unidos o Irán. Afganistán ofrece un ejemplo igualmente significativo. Desde el regreso del régimen talibán en 2021, se han aprobado más de un centenar de decretos que prohíben a las mujeres asistir a la educación secundaria y superior, trabajar en organizaciones no gubernamentales y estar presentes en espacios públicos, incluso si sus voces no se escuchan en la calle.
La ONU ha calificado esta situación de “apartheid de género”. Sin embargo, la respuesta de las potencias occidentales ha sido aparentemente desigual: abundan las declaraciones de “profunda preocupación”, pero no se han aplicado medidas de presión comparables a las dirigidas contra Irán.
Esta inacción sugiere que cuando Afganistán dejó de ser una prioridad estratégica, los derechos de sus mujeres dejaron de ocupar un lugar central en la agenda internacional.
salvadores blancos
La retórica recurrente de “liberación” que hemos visto desde Afganistán hasta la reciente ofensiva contra Irán en 2026 encuentra su explicación más lúcida en el trabajo de la antropóloga Lila Abu-Lughod, ¿Necesitan salvarse las mujeres musulmanas?. Abu-Lughod denuncia que la narrativa occidental de la mujer musulmana como víctima pasiva e indefensa no es un acto de empatía, sino una herramienta del paternalismo colonial que despoja a estas mujeres de su esencia para convertirlas en una excusa para las intervenciones militares.
Este “complejo de salvador blanco” permite a líderes como Donald Trump o la Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Kaia Callas, proyectar una falsa superioridad moral, simplificando realidades complejas para presentar la cultura del “otro” como fundamentalmente opresiva.
En este marco, el rescate de mujeres no blancas se convierte en un activo geopolítico: sus rostros se utilizan para justificar bombardeos y sanciones, pero sus voces y su contexto local son ignorados. En última instancia, como sostiene Abu-Lughod, estas políticas no buscan transformar las estructuras de opresión, sino más bien explotar la vulnerabilidad de las mujeres para afirmar agendas de control que, irónicamente, a menudo terminan exacerbando su inseguridad bajo el fuego de la guerra o el aislamiento económico.
El escenario de guerra actual es quizás el ejemplo más obvio de cómo funciona este principio del “salvador blanco”, pero no es el único. En los discursos de los partidos de extrema derecha hemos visto cómo se utiliza este mismo argumento para perseguir a los inmigrantes norteafricanos, acusados de maltratar a sus esposas y agredir a las mujeres locales.
La ultraderecha y la inseguridad femenina
Este fenómeno de instrumentalización encuentra su base teórica en el concepto de “femonacionalismo”, que fue acuñado por la socióloga Sarah Farris en su obra En nombre de los derechos de las mujeres (2021). Faris expone cómo la extrema derecha europea ha “secuestrado” la retórica feminista para convertir la igualdad de género en una herramienta para excluir y estigmatizar a la población migrante, especialmente la magrebí.
En España, el partido Vok ilustra este cambio vinculando sistemáticamente la inmigración con el aumento de la inseguridad de las mujeres. Esta narrativa, que Marine Le Pen también ha utilizado en Francia para describir la migración como “el fin de los derechos de las mujeres”, revela una profunda inconsistencia: mientras estos partidos utilizan la figura del “agresor externo” para alimentar la islamofobia de género, tienden simultáneamente a negar la existencia de violencia sexista estructural en sus propios países.
La inconsistencia de este feminismo de “conveniencia” se vuelve insostenible cuando se mira el liderazgo interno de estos partidos, donde la supuesta defensa de las mujeres desaparece para dar paso a la destrucción sistemática de sus derechos.
En administraciones donde la extrema derecha ha ganado influencia, hemos asistido a drásticos recortes en las partidas destinadas a políticas de igualdad y a la eliminación de departamentos de asesoramiento y programas de atención a víctimas de violencia de género, con el pretexto de luchar contra el “consumo ideológico”.
Esta hostilidad institucional también se traduce en violencia política y mediática dirigida contra figuras que encarnan la lucha feminista. Lejos de proteger a las mujeres, este discurso ejerce violencia disciplinaria contra quienes no encajan en su ideal tradicionalista, mostrando que su preocupación por la seguridad de las mujeres es sólo reactiva: les importa la violencia contra las mujeres sólo cuando el agresor es un “otro” extranjero, pero la aplican y legitiman cuando la víctima es una mujer política o feminista que desafía su hegemonía.
Un escudo moral para justificar las guerras
En última instancia, un análisis de estos escenarios –desde el bombardeo de Irán hasta la reducción de la igualdad en nuestras instituciones– revela una verdad incómoda: los derechos de las mujeres no son el fin de estas políticas, sino su coartada geopolítica. Se nos utiliza como escudo moral para justificar guerras y como argumento excluyente para la criminalización de los migrantes, mientras en la práctica se han desmantelado los recursos que garantizan nuestra seguridad real.
Hoy, más que nunca, son pertinentes las palabras de Simone de Beauvoir:
Nunca olvidemos que una crisis política, económica o religiosa será suficiente para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por sentados; tienes que permanecer alerta toda tu vida.
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