¿Dar notas antes de los seis años? Qué y cómo evaluar en las aulas de primera infancia

ANASTACIO ALEGRIA
10 Lectura mínima

Imaginemos el último día del semestre en cualquier colegio. Las familias esperan en la puerta y niños de cuatro años salen corriendo con un sobre bajo el brazo. En su interior se encuentra el famoso “cuaderno”: una cuadrícula llena de cruces que nos indican si nuestro hijo “identifica los colores”, “mantiene el equilibrio” o “se relaciona con sus compañeros”. Y nos dicen con “sí/no/a veces” o “vamos progresando adecuadamente”.

A primera vista, estos cruces parecen claros y objetivos. Pero detrás de ellos se esconde una realidad mucho más compleja. ¿Qué significa realmente la “conexión entre pares” para un niño de cuatro años? ¿Crees que no te peleas por un juguete? ¿O que aprendiste a pedir permiso? ¿Con qué criterio decidimos que un niño es “mejor” que otro?

Un niño puede saber todos los nombres de los dinosaurios (capacidad de memoria), pero puede romper a llorar si pierde su lápiz (gestión emocional). Otra niña puede saltar perfectamente sobre una pierna (desarrollo motor) pero le cuesta pedir algo (habilidades sociales). ¿Cuál de los dos merece “mejores” notas? Ninguno.

En estas edades el desarrollo y el aprendizaje son explosivos, rápidos y, sobre todo, diferentes para cada niño. El desarrollo y el aprendizaje no son como subir una escalera peldaño a peldaño. Son más como armar un rompecabezas. Y cada niño puede estar completando una parte diferente de su “rompecabezas” personal.

Evaluación en niños

La evaluación es un elemento muy importante en la educación, y a pesar de lo que podamos pensar, también juega un papel en la infancia. No clasifica, pero actúa como brújula. Para que esta brújula oriente bien, la evaluación debe tener en cuenta tres aspectos básicos: ¿qué sabe hacer el niño? ¿Estás en el camino correcto? ¿Y tú qué necesitas para seguir mejorando?

Responder esto nos permite comprender el desarrollo físico, mental y emocional de cada niño. Esto es lo que nos da las pistas necesarias para saber qué pieza del rompecabezas le falta a cada niño. No se trata de medir cuánto saben, sino de capturar cómo descubren el mundo para poder seguirlos mejor.

Objetividad y rigor

Para que una evaluación sea útil, la información que recopilamos debe ser objetiva (es decir, adaptada a lo que vemos sin prejuicios ni ideas preconcebidas). Además, debemos recopilar esta información de forma organizada y rigurosa (es decir, de forma detallada y cuidadosa, siguiendo un plan). Para ayudarnos en todo ello existe una herramienta básica: la observación sistemática.

La observación sistemática significa ir más allá de una visión general o esporádica; Esto implica que el docente observa atenta y organizadamente mientras los niños juegan o realizan actividades de forma libre y espontánea.

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Observar al niño cómo se comporta nos permite recopilar información valiosa y real sobre cómo se comunica, cómo resuelve problemas y cómo aprende en su día a día. Por ejemplo, no basta con decir: “Jorge se está portando mal”. Para que un niño mejore su conducta necesitamos recopilar información más detallada y precisa que nos permita diseñar estrategias de respuesta.

¿Cómo se lleva a cabo la observación sistemática?

Antes de comenzar a observar a un niño, debemos desarrollar un plan que responda a las siguientes cuatro preguntas:

¿Qué voy a ver? Es decir, ¿en qué comportamientos específicos y detallados me centraré? Para que la observación sea útil debemos evitar las etiquetas genéricas. No basta con notar que el niño se “porta bien” o es “muy creativo”. Hay que descomponer la realidad en comportamientos mínimos observables: ¿se queda callado cuando el profesor explica? ¿Utiliza los materiales del aula de forma inusual (por ejemplo, utiliza un trapo como si fuera un río o un bosque)?

Esta lista de conductas a observar se denomina instrumento de observación. Es como nuestro mapa. Determinar a qué debemos prestar atención. Estos indicadores específicos son los que transforman la impresión subjetiva en datos pedagógicos rigurosos.

¿Dónde lo veré? Es importante que la observación se realice en un lugar familiar y habitual para el niño, sin cambiar ese contexto. Esto anima al niño a comportarse de forma espontánea y así mostrar todas sus capacidades.

Por ejemplo, si queremos evaluar la motricidad fina y la autonomía, no tendría sentido pedir artificialmente al niño que haga un lazo con una cuerda sobre la mesa, ni preguntarle directamente si sabe atarse los zapatos (que probablemente serán de velcro). En cambio, la observación sistemática se lleva a cabo de forma “invisible”, por ejemplo en un rincón de juego simbólico: mientras el niño viste a la mascota de la clase para salir a pasear y se concentra en atarse los zapatitos. Es en ese momento de los juegos reales, sin presiones ni nervios, cuando el profesor puede registrar objetivamente el nivel real de habilidad y coordinación de los alumnos.

Por el contrario, si el niño se siente evaluado o observado, podría cambiar su conducta habitual. Este es el llamado “sesgo de reactividad” y puede llevarnos a conclusiones erróneas sobre su desarrollo y aprendizaje.

¿Cómo lo mediré? No basta con decir “habla mucho” o “Jorge habla mucho mientras el profesor explica”. Hay que especificar exactamente cuántas veces ocurre, durante cuántos segundos o minutos… Por ejemplo: “El 75% de las veces que el profesor está explicando, el niño está hablando con su compañero que está al lado”. Reemplazando “habla mucho” o “habla muchas veces” por información concreta (el 75% de las veces el profesor explica), conseguimos tres objetivos principales: objetivamos la realidad, por ejemplo, evitamos que el cansancio del profesor nuble su percepción; establecer el punto de partida adecuado para comprobar si nuestras estrategias en el aula están funcionando; y proporcionar información transparente y profesional a las familias.

¿Cuándo lo veré? Debe observarse periódicamente a lo largo del tiempo para identificar el ritmo de desarrollo y evolución de cada niño. Por ejemplo: “Lo observaré cada 15 días, los martes al inicio de la lección de motricidad, durante 10 minutos, de 10 a 10:15 durante todo el curso”.

Esta sistematización hace que la evaluación sea confiable, de modo que si dos personas evalúan al mismo niño con el mismo instrumento de observación, el resultado debe ser muy similar.

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Una evaluación que ayuda y no juzga

La observación sistemática es la mejor herramienta para comprender y mejorar el desarrollo y aprendizaje de los estudiantes de educación temprana. Permite dejar de lado impresiones y juicios subjetivos y evita que el niño se sienta juzgado.

Por ejemplo, si notamos que Jorge se levanta de la silla 10 veces en una mañana, o que Ana tropieza con el suelo cuatro veces al día, descubriremos que el problema no es su personalidad. En el caso de Jorge, puede ser la necesidad de mudarse; con Ana, un desafío en su coordinación motriz.

¿Qué haríamos en estos casos? En lugar de ir por lo fácil, que es el castigo (dejar a Jorge sin descanso porque no se queda quieto o regañar a Ana por “descuidada”), optamos por respuestas pedagógicas, es decir, estrategias en el aula. Le damos la responsabilidad a Jorge, que tiene mucha energía: que se encargue de distribuir los materiales. Así, su necesidad de moverse se convierte en algo útil y positivo para la clase. Proponemos desafíos y juegos de equilibrio para Anna. De esta forma, poco a poco irá ganando la seguridad que le falta, sin sentirse aislada.

La diferencia es enorme: el castigo hace que el niño se sienta mal o inseguro. En cambio, observar lo que sucede te ayuda a comprender lo que cada persona necesita y te ayuda a confiar en ti mismo. Hemos pasado de “ser árbitros que ponen multas” a “entrenadores que ayudan a mejorar”.


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