A principios del siglo XVIII, el puerto del Callao, puerta marítima del Virreinato del Perú, estaba invadido por el mar. Tormentas, terremotos y tsunamis golpearon sin piedad los muros que protegían el principal punto de entrada del oro y la plata en ruta a España.
Lo que pocos saben es que fue allí, hace 300 años, donde se probó por primera vez en América la regeneración de playas, una idea que hoy sigue siendo una herramienta fundamental de la ingeniería costera moderna.
El Virreinato del Perú en un mapa de América del Sur realizado por el Teniente Coronel del Ejército Español, Primer Capitán del Cuerpo de Ingenieros y Geógrafo, Agustín Ibáñez y Bojones en 1800. Biblioteca Nacional de España Un puerto vital y vulnerable
El Callao no era un puerto cualquiera: de él dependía buena parte del comercio entre Sudamérica y Europa. Los metales preciosos llegados desde Potosí y el Alto Perú eran almacenados en sus depósitos antes de ser enviados a Panamá y luego a La Habana, donde se organizaba el cruce final hacia la Península Ibérica. La seguridad de estas operaciones era una prioridad estratégica para la corona española.
En este contexto, a finales del siglo XVII, la construcción de un muelle para facilitar la navegación cambió el equilibrio natural de las corrientes y el transporte de arena. La arena se acumuló en un lado del embarcadero, pero el otro comenzó a erosionarse rápidamente. En unas pocas décadas, el mar socavó los cimientos de las murallas y provocó el colapso de partes de las fortificaciones.
Ingenieros del imperio frente al mar
La respuesta vino de los ingenieros militares del Virreinato. Como recuerda el ingeniero e historiador Ignacio González Taskón (1947-2006) en su libro Ingeniería española en el exterior (CEHOPU, 1992), aquellos técnicos fueron auténticos pioneros: dominaban la geometría, la hidráulica y la construcción de estructuras navales con un grado de precisión asombroso para su época. González Tascón dedicó su vida a salvar el patrimonio de la ingeniería española en el exterior y su obra sigue siendo una referencia imprescindible para comprender ese saber técnico adelantado a su tiempo.

Mapa de parte de Calaa: espigones. Archivos Generales de la India.
El primer intento de reconstrucción estuvo a cargo del capitán Nicolás Rodríguez, quien, para aislar la zona de trabajo del mar, propuso la instalación de pilotes, una construcción de aislamiento del suelo y defensa costera formada por la unión continua de elementos prefabricados (pilotes) clavados verticalmente en el suelo. Pero el fondo arenoso filtró rápidamente el agua y la solución era cara y poco fiable.
Luego intervino el cosmógrafo real Pedro de Peralta Barnuevo (1663-1743), una de las mentes científicas más brillantes del Perú colonial y rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima, la más antigua de América.
De Peralta propuso una idea radical: construir diques perpendiculares a la costa -lo que ahora llamamos rompeolas o “ingles”- que romperían la corriente costera y provocarían la acumulación de arena. De esta forma, se formaría una playa artificial frente al muro, creando una base seca y estable para el trabajo. Fue esencialmente la primera regeneración de playa documentada en el continente americano.
La playa que salvó el muro
El proyecto comenzó en 1724. Los ingenieros erigieron una serie de pilares de madera y piedra, espaciados a intervalos regulares, con una relación longitud-espaciado similar a la de los pilares modernos. Entre ellos colocaron hileras de gaviones (cajas prismáticas rectangulares, rellenas de piedra o tierra) para retener el sedimento. En pocos años, la arena se acumuló en el lado occidental, formando una franja de playa que amortiguaba las olas.
Los planos conservados en el Archivo General de la India muestran la obra terminada en detalle: ocho edificios alineados frente al malecón y una nueva costa protegida. El sistema funcionó. Por primera vez, los ingenieros del virreinato pudieron modificar la dinámica costera para defender infraestructura clave.
Décadas más tarde, un estudio científico publicado en la revista Water confirmaría que la defensa podría considerarse el primer rompeolas de Sudamérica, así como una demostración temprana del conocimiento empírico sobre el transporte de sedimentos costeros.
Ciencia, desastres y la lección olvidada
La historia, sin embargo, tuvo un final trágico. El 28 de octubre de 1746, un gran terremoto y tsunami destruyeron el Callao. La ola, estimada en más de 15 metros, destruyó completamente la ciudad y se llevó consigo las defensas costeras. Casi todos sus habitantes murieron. El Virreinato se dio cuenta entonces de que el mar podía derrotar a la mejor ingeniería de su época.

Plano de la Plaza y Puerto del Callao que muestra el Fuerte Real Felipe a la llegada del Virrey Amata. Anónimo / Biblioteca de Cataluña.
En las décadas siguientes, los gobernadores decidieron reconstruir el puerto tierra adentro, junto al Fuerte Real Felipe, en un terreno más elevado y protegido. Sin saberlo, estaban aplicando un principio que ahora consideramos una de las estrategias más sostenibles contra el cambio climático: la retirada planificada.
Tres siglos de vigencia
El caso de Calaa muestra que los ingenieros del siglo XVIII ya entendían la relación entre erosión, flujo y transporte de arena y buscaban soluciones basadas en la observación y las pruebas. No estaban trabajando con modelos numéricos ni imágenes de satélite, pero su comprensión de la costa era notablemente precisa.
Hoy, con el aumento del nivel del mar y la pérdida de playas que amenazan a las ciudades costeras de todo el mundo, esa experiencia del virreinato del Perú adquiere un nuevo significado. En cierto modo, los ingenieros coloniales fueron los precursores de las actuales políticas de adaptación costera: supieron leer la dinámica del mar y actuar con ingenio, incluso en un contexto tecnológico rudimentario.
Como señaló González Taskón, la ingeniería de ultramar era también una “ciencia de frontera”. Sus autores trabajaron en la frontera entre el conocimiento técnico y la supervivencia cotidiana frente a la naturaleza. Y, como muestra este episodio, su legado sigue inspirando soluciones tres siglos después.
Un puente entre la historia y el futuro
El valor del caso Callao –y del Virreinato del Perú, en general– va más allá de la historia de una sola pieza. Es un testimonio de la forma de pensar sobre la costa, de entender que la ingeniería no se puede imponer al mar. Se trata más de hablar con él.
El recuerdo de aquellas primeras regeneraciones de la playa no sólo salva parte del patrimonio técnico e histórico; También nos recuerda que, frente a la amenaza global de la erosión costera, las mejores ideas para el futuro pueden tener raíces muy antiguas.
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