En una colaboración sin precedentes, la Sociedad Europea de Cardiología (ESC), el Colegio Americano de Cardiología (ACC), la Asociación Americana del Corazón (AHA) y la Federación Mundial del Corazón (WHF) emitieron una declaración conjunta pidiendo medidas urgentes contra los factores de estrés ambiental (contaminación, ruido, estrés climático…) para reducir la mortalidad cardiovascular.
El artículo, que se publicó simultáneamente en el European Heart Journal y otras revistas líderes en el campo, advierte que es necesario abordar el cambio climático y la contaminación para combatir la que sigue siendo la principal causa de muerte en todo el mundo. El texto sugiere actuar localmente para lograr un impacto global y pide integrar la contaminación, el ruido, los compuestos químicos y el estrés climático en la prevención cardiovascular, del mismo modo que hoy integramos el colesterol, la hipertensión o el tabaco.
Más de 13 millones de muertes al año
Desde hace décadas, la cardiología viene desarrollando tratamientos y medidas de prevención primaria y secundaria centradas únicamente en la persona: control de la tensión arterial, reducción del colesterol o abandono del hábito de fumar. Pero hay un punto ciego persistente: la exposición ambiental es un determinante clave del riesgo cardiovascular. Se estima que los factores de riesgo ambientales contribuyen a más de 13 millones de muertes al año, superando la carga de muchos factores tradicionales.
Como ya hemos señalado, no se trata sólo de la contaminación del aire: el ruido crónico, la luz nocturna, los contaminantes químicos, la calidad del agua y del suelo y los impactos cada vez más frecuentes del cambio climático, como olas de calor o incendios, también juegan un papel fundamental.
Según la Organización Mundial de la Salud, casi toda la población mundial (99%) respira aire que supera los límites recomendados por sus directrices de calidad. Una combinación de diversos factores ambientales se acumulan con el paso de los años y afectan nuestra salud cardiovascular. Un artículo conjunto de la Sociedad de Cardiología enfatiza que estas condiciones no actúan de forma aislada, sino que interactúan a través de vías biológicas comunes como la inflamación y el estrés oxidativo.
Los datos sobre la carga mundial de morbilidad nos muestran que no se trata de un impacto marginal. Ya en 2019, un análisis del estudio Global Burden of Disease situó la hipertensión como el principal factor de riesgo de mortalidad, seguida del tabaco, y clasificó la contaminación del aire como uno de los principales factores de riesgo de mortalidad (en el 4º lugar). La temperatura no óptima es otra de las más relevantes (11º).
Por tanto, reducir la contaminación, el ruido o el calor urbano no es sólo ecología: es prevención cardiovascular. Y también es una prevención más justa, ya que estas exposiciones tienden a afectar desproporcionadamente a las poblaciones vulnerables, concentrándose en barrios con más tráfico, peor infraestructura habitacional y menor capacidad de protección.
plan de acción
Ante la previsión de que el 70% de la población mundial vivirá en ciudades en 2050, el documento sugiere diseñar ciudades cardiosaludables con transporte activo y espacios verdes. Las cuatro organizaciones presentan un plan de acción basado en:
1. Incidencia política: alinear las políticas climáticas con la salud cardiovascular y buscar financiación para los países más vulnerables. Implantar normativas urbanísticas más ambiciosas, ciudades con menos combustión y tráfico más activo, así como zonas verdes.
2. Educación: Integrar la salud ambiental en los planes de estudios médicos al mismo nivel que los factores de riesgo tradicionales como el colesterol o el tabaquismo. Registre esta información en la consulta utilizando herramientas sencillas, como hacer preguntas sobre la exposición (tráfico, calor, humo, ruido), enseñar medidas de protección realistas y utilizar alertas ambientales en la toma de decisiones para pacientes vulnerables.
3. Investigación: crear observatorios globales para monitorear la relación entre contaminación y enfermedades en tiempo real (calidad del aire, temperaturas, incendios, ruido…), permitiendo cuantificar el impacto, identificar desigualdades y evaluar qué políticas están funcionando.
4. Nuevas directrices: desarrollar recomendaciones armonizadas y ejecutables para partículas, calor extremo, ruido, ozono y exposición a sustancias químicas. Además, convertirlos en indicadores operativos que permitan actuar tempranamente, tanto en salud pública como clínica.
Estancamiento legislativo
El artículo destaca la brecha entre el conocimiento científico sobre los riesgos ambientales y su traducción en herramientas comprensibles, personalizadas y operativas para la población y los profesionales de la salud. Por el momento, el principal freno no es la incertidumbre científica: es el conflicto entre proteger la salud y mantener ciertos modelos de movilidad, producción y consumo. A veces no se trata sólo de inacción, sino de un retroceso.
Hace apenas unos días, la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA) revocó una determinación de peligro de 2009, una decisión que consideraba que los gases de efecto invernadero eran una amenaza para la salud pública y apoyaba la regulación de las emisiones bajo la Ley de Aire Limpio. La consecuencia es clara: el apoyo legal a las normas de emisiones se debilita, empezando por las de los vehículos, y abre la puerta a un desmantelamiento regulatorio más amplio.
Que se reviertan estos estándares y aumenten las emisiones en las próximas décadas tendrá un impacto en el clima, la calidad del aire y la salud cardiovascular.
El papel de organizaciones científicas como la Sociedad Española de Epidemiología, a la que pertenecen los autores de este artículo, no puede limitarse a alcanzar un consenso técnico. La prevención cardiovascular en el siglo XXI requiere ampliar el enfoque del individuo al sistema, del paciente al entorno en el que vive. Reducir la contaminación no es sólo una medida ambiental, es una intervención preventiva de primer nivel, con beneficios rápidos, mensurables y equitativos.
La epidemiología cardiovascular ha demostrado en gran medida su capacidad para cuantificar los riesgos, las muertes atribuibles y los años de vida perdidos. El desafío que tenemos ante nosotros es convertir ese conocimiento en una historia comprensible, movilizadora y políticamente relevante.
Ya no se trata de si la contaminación causa enfermedades cardiovasculares, sino de cuánto daño adicional estamos dispuestos a aceptar sabiendo que se puede evitar en gran medida.
Artículo escrito con el asesoramiento de la Sociedad Española de Epidemiología.
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