En la escena del crimen, el cabello puede ubicar a una persona en la escena del crimen. En Internet, tus últimos diez “me gusta” no sólo muestran dónde has estado y a qué hora, sino que te permiten perfilarte, predecirte y empujarte a tomar decisiones. El ADN sirve para identificarte biométrica y administrativamente; La huella digital sirve para reconstruir tu vida diaria: hábitos, relaciones, rutina.
Lo decisivo no son los datos aislados, sino la combinación de varios pequeños indicios. Es un juego de identificación automática, que no pregunta “¿quién eres?”, sino “¿a qué hora te conectas?”, “¿desde dónde?”, “¿qué vas a ver ahora?”, “¿cuánto tiempo dedicas a ese post?”. No es necesario que las respuestas sean 100% correctas: pero con una alta probabilidad, basta con tratarlos como “la misma persona”.
Es precisamente en esta certeza estadística donde reside el poder real. Es tentador pensar que nuestra identidad se limita sólo a lo que pensamos o, en el caso administrativo, a un expediente. Sin embargo, en lo que respecta a maquinaria productiva y extracción de datos, somos estrictamente lo que hacemos.
Y cuando una empresa u organización puede predecir nuestra próxima acción, también puede insistir en la estimulación, publicitarse con una determinada frase que apele al sentimiento que nos empuja a “aquí es donde está”. Esta presión es el preludio de una biométrica un poco más inestable: la del comportamiento.
Por eso es importante ampliar el concepto de biometría: ya no es sólo pelo, huella dactilar o iris. El comportamiento forma parte de lo que somos y, según la lógica del mercado, se ha convertido en la materia prima más deseable.
Para comprender la magnitud de esta intrusión, primero debemos saber cómo funciona la biometría convencional a nivel matemático. Un lector de huellas dactilares o un escáner de iris no almacena una fotografía literal de esa parte del cuerpo. Lo que hace es convertir la anatomía en un problema geométrico y probabilístico. El algoritmo identifica puntos o patrones clave en la textura y luego los traduce en un modelo matemático que crea características numéricas.
La identificación, por tanto, se reduce a comparar estas características con las ya almacenadas en la base de datos, contando las similitudes entre ellas. Si la diferencia es pequeña, el sistema supone que hay una coincidencia en la base de datos.
Como dicta la norma básica del mercado, donde hay un recurso que se puede medir, inmediatamente hay una industria lista para privatizarlo. La biometría anatómica abrió una vasta veta de especulación y mercantilización del cuerpo. Lo hemos visto con aquellas empresas que han colocado escáneres en el metro, centros comerciales y barrios obreros ofreciendo dinero por escanear el iris de los transeúntes o, peor aún, ofreciendo un servicio de fotografía ocular donde pagas para obtener un retrato de tu iris.
Aprovechando la ignorancia y la ingenuidad de la gente, estas empresas compraron identidades inmutables a precio de ganga.
‘corredores’ de intimidad
Este tipo de negocio todavía está en nuestras calles y ahora se ha intensificado, extendiéndose a la comercialización de nuestro comportamiento. El equipamiento técnico de este nuevo mercado está operado por intermediarios de datos, empresas apenas legales que comercializan nuestro perfil de comportamiento. Se esconden afirmando que sus bases de datos carecen de nombres propios, pero el anonimato es un mito matemático en la era del big data. Gracias a las reglas de asociatividad y combinatoria, basta cruzar el código postal, la fecha de nacimiento, el sexo y la forma de mover el mouse para aislar un perfil inequívoco.
Para mantener este mercado en constante movimiento, instituciones y empresas imponen campañas invasivas. Nos obligan a utilizar códigos QR en la hostelería o a descargar determinadas apps para aparcar o acceder a un descuento, incluso a utilizar códigos QR para acceder a los horarios del transporte público, transmisiones diseñadas para generar adicción y chupar datos (qué servicio utilizamos, cuándo, dónde, etc.) en tiempo real, que luego se venden al mejor postor.
La solución no es ser complaciente o caer en una moral de “deberíamos leer mejor las condiciones de uso”. Es necesaria una política estructural que desactive esa infraestructura que vive siguiéndonos y, en última instancia, nos polariza y aísla para la manipulación.
La neutralidad de la red debe entenderse en su sentido más amplio: significa garantizar que ninguna empresa pueda utilizar nuestros datos de navegación o cambiar, filtrar o manipular nuestra experiencia en línea.
Ante este escrutinio, la exigencia política es prohibir la existencia de brokers digitales para que no especulen con nuestro comportamiento y exigir la máxima transparencia en el funcionamiento de los algoritmos, ahora opacos pero que dictan nuestras decisiones, y poner fin a la recopilación masiva de datos.
De lo contrario, el ecosistema digital se vuelve inseguro para el proletariado digital –que son todos sus usuarios– y extrae valor de su atención. Recuperar el control no es una utopía inalcanzable, sino una alternativa real.
Proteger nuestra identidad y nuestra privacidad es hoy tecnológicamente viable, las herramientas existen. La verdadera pregunta radica en el dilema político que enfrentamos: ¿exigiremos que nuestros organismos gubernamentales y corporativos den prioridad a nuestra integridad, o se permitirá que las plataformas digitales sigan ejerciendo un control invisible e impune sobre nuestras vidas?
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