Los antibióticos se encuentran entre los medicamentos más utilizados en los niños, tanto en el hospital como en el hogar. Junto con las vacunas, la mejora de la nutrición y la higiene y las medidas de prevención, han contribuido decisivamente a reducir la mortalidad infantil en las últimas décadas. Pero sólo porque sean muy útiles no significa que sean inofensivos.
Desde el descubrimiento de la penicilina por Alexander Fleming en 1928, los antibióticos han cambiado la medicina. También quedó claro desde el principio que las bacterias podrían desarrollar resistencia a ellos. Hoy en día, el abuso y mal uso de estos medicamentos –en medicina humana y veterinaria, así como a través de la automedicación o la presión sanitaria– ha favorecido la expansión de bacterias resistentes, convirtiendo infecciones que antes eran fáciles de tratar en problemas cada vez más difíciles de resolver.
Impacto en la microbiota
Sin embargo, el problema no se limita a las resistencias. En los últimos años, los avances en el conocimiento de la microbiota humana han abierto otra línea de preocupación.
La microbiota es el conjunto de microorganismos que habitan en nuestro cuerpo, especialmente en el intestino, y participan en funciones clave como la digestión, la regulación inmune y la señalización neuroendocrina (comunicación entre hormonas y neuronas para controlar las funciones corporales). Cuando administramos antibióticos, no sólo eliminamos las bacterias patógenas: también alteramos esas comunidades microbianas beneficiosas y el equilibrio natural.
Este desequilibrio es de especial preocupación en la infancia, ya que es una etapa crítica para la colonización bacteriana normal. Cuanto más pequeño es el niño, mayor es el impacto de los antibióticos en la microbiota. Por ello, en neonatología y pediatría la prescripción de estos tratamientos debe evaluarse con especial cuidado: no se trata de rechazar el antibiótico necesario, sino de su uso sólo según las indicaciones, con el fármaco más adecuado y en el menor tiempo que resulte eficaz.
Efectos más allá de la infección
De hecho, la evidencia reciente sugiere que los efectos de los antibióticos pueden extenderse más allá del episodio infeccioso agudo. Un estudio publicado en Nature Communications señaló que la exposición infantil a estos medicamentos se asoció con cambios persistentes en la microbiota intestinal y con un crecimiento de peso y altura menos favorable durante los primeros seis años de vida en algunos grupos de niños. Este es un hallazgo particularmente relevante porque sugiere que la intervención en la comunidad microbiana intestinal en etapas muy tempranas podría tener consecuencias duraderas.
Otros trabajos han relacionado la exposición temprana con un mayor riesgo posterior de tener sobrepeso u obesidad. Por ejemplo, uno de ellos encontró una relación entre los antibióticos durante el primer año de vida, cambios en la microbiota y un mayor riesgo de sobrepeso. No todos los estudios han encontrado el mismo tamaño del efecto, pero la hipótesis de que el uso temprano de antibióticos puede afectar el metabolismo en la infancia está cada vez más presente en las investigaciones.
También han aparecido asociaciones con enfermedades inmunes e inflamatorias. Una revisión sistemática concluyó que el uso de antibióticos en los primeros dos años de vida se asocia con un mayor riesgo de trastornos gastrointestinales crónicos, en particular enfermedad inflamatoria intestinal y enfermedad celíaca.
Paralelamente, otro estudio poblacional encontró una asociación entre la exposición temprana a antibióticos y algunas trayectorias de asma persistente en la infancia. Eso sí, conviene interpretar este tipo de resultados con cautela: en este tipo de estudios no siempre es fácil distinguir cuánto corresponde al antibiótico y cuánto a la propia infección que motivó su uso.
Uno de los efectos secundarios más conocidos es la diarrea asociada a los antibióticos. En su forma más grave puede producirse infección por Clostridioides difficile, bacteria capaz de provocar colitis severa e incluso complicaciones muy importantes en pacientes susceptibles. A día de hoy, sigue siendo una de las principales complicaciones infecciosas asociadas al uso previo de estos fármacos en niños.
Además, pueden provocar los efectos adversos “clásicos” de cualquier fármaco: diarrea, erupción cutánea, anemia, trastornos hepáticos o renales y, en algunos casos, reacciones alérgicas graves. Una investigación en niños hospitalizados encontró que más de uno de cada cinco tratamientos con antibióticos se asoció con uno de estos eventos adversos.
¿Y qué pasa con el neurodesarrollo? Es un campo de gran interés, pero también uno de los más delicados. Están surgiendo estudios que vinculan la exposición muy temprana a los antibióticos con síntomas emocionales o conductuales posteriores. Sin embargo, la evidencia aún es heterogénea y aún no permite sacar conclusiones firmes sobre trastornos específicos.
Por lo tanto, el mensaje final debe ser de responsabilidad y equilibrio. Los antibióticos siguen salvando vidas y ningún niño con una infección bacteriana importante debería quedar sin tratamiento por temor a sus efectos adversos. Pero precisamente porque son medicamentos valiosos, deben usarse bien: sólo cuando estén indicados, con la molécula adecuada, la dosis adecuada y la duración mínima efectiva.
Prescribir menos antibióticos cuando no son necesarios no cura peor, sino todo lo contrario.
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