Adolescencia, paciencia y rendimiento académico

ANASTACIO ALEGRIA
7 Lectura mínima

La capacidad de retrasar la gratificación, lo que comúnmente llamamos paciencia, está presente desde la infancia y mejora con la edad, aunque sufre cambios relevantes durante la adolescencia. Gracias a la maduración y sofisticación de los mecanismos de toma de decisiones y planificación, los adolescentes empiezan a ser capaces de soportar esperas más largas, es decir, retrasar la gratificación inmediata a cambio de un mayor beneficio en el futuro.

Tener más o menos paciencia en la adolescencia es importante: tanto el rendimiento escolar como los hábitos más saludables (menos consumo de alcohol y tabaco, menor IMC y mejor comportamiento escolar) están vinculados a la orientación futura. Es decir, con posibilidad de realizar acciones cuyos beneficios no sean inmediatos.

Así como las personas pacientes esperan a que madure la fruta (en comparación con quienes la recogen con anticipación), los estudiantes más pacientes tienden a lograr mejores resultados, practicar más deportes o ahorrar (y sacrificar el gasto actual) para obtener resultados posteriores.

La paciencia es un rasgo de personalidad que puede evaluarse científicamente. La evidencia nos dice que hay personas con una paciencia innata, o que traen al menos algo de este rasgo “como estándar”; pero también que se desarrolla con la edad y puede modificarse mediante intervenciones en las primeras etapas.

A través del consorcio de investigación TeensLab, recogimos datos de más de 5.000 adolescentes de 25 colegios españoles. Analizamos si la paciencia cambia durante la adolescencia y cómo afecta al rendimiento académico.

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¿De qué depende la paciencia?

Entonces, ¿qué explica por qué algunos adolescentes son más pacientes que otros? Nuestros resultados apuntan claramente en dos direcciones.

El primero tiene que ver con el control cognitivo –que no es lo mismo que el razonamiento abstracto o la inteligencia fluida– y nos muestra cómo las personas afrontan los problemas de decisión. Los estudiantes con mayor capacidad de pensamiento y razonamiento suelen ser más pacientes. Esto sugiere que la paciencia no es sólo una cuestión de carácter, sino que está estrechamente relacionada con la forma en que procesamos la información y tomamos decisiones.

El segundo se relaciona con el entorno social. Notamos que los estudiantes pacientes tienden a rodearse de otros estudiantes pacientes. Es decir, la paciencia se “agrupa” en redes de amistad. Aunque no podemos determinar si los adolescentes se influyen entre sí o simplemente eligen amigos similares, lo que sí es evidente es que el entorno inmediato es muy importante.

Curiosamente, nuestros datos muestran que los estudiantes más pacientes están en las clases más grandes, no en las más pequeñas.

¿Hay diferencias entre niños y niñas?

No encontramos diferencias relevantes en los niveles de paciencia entre ambos grupos, especialmente en las primeras etapas de la adolescencia.

A medida que los estudiantes crecen, surgen algunos matices: las niñas tienden a tomar decisiones un poco más “sofisticadas”, combinando opciones presentes y futuras en lugar de elegir siempre el futuro inmediato o siempre. Pero esto no significa que sean más pacientes que los niños, sino que su forma de tomar decisiones se vuelve más compleja.

¿La paciencia afecta las calificaciones?

La respuesta es sí, aunque con matices. Encontramos que los estudiantes más pacientes tienden a lograr mejores resultados académicos. La relación no es enorme, pero sí consistente: quienes valoran más el futuro que el presente (son más pacientes) parecen estar más dispuestos a hacer un esfuerzo ahora para lograr resultados a mediano plazo.

Esto encaja bien con la intuición: estudiar es, en gran medida, una inversión. Se necesita esfuerzo hoy para cosechar los beneficios del mañana. Los estudiantes más pacientes están mejor preparados para este tipo de sacrificios.

Sin embargo, nuestros resultados también sugieren que esta relación está parcialmente mediada por el control cognitivo. Es decir, la misma capacidad que permite una mejor toma de decisiones -mejor planificación del tiempo de los esfuerzos por una menor impaciencia- también puede estar detrás de un mejor rendimiento académico, es decir, una mejor asimilación de conceptos gracias a una mayor reflexión.

Implicaciones para la educación

¿Qué podemos aprender de todo esto? La primera lección es que la paciencia no es un rasgo fijo e inmutable: está vinculada a habilidades cognitivas que se pueden desarrollar y a un entorno social que se puede moldear.

Esto abre la puerta a pensar que la educación puede servir no sólo como una forma de impartir conocimientos, sino también como un medio para formar preferencias. Enseñar a los estudiantes a retrasar la gratificación, a controlar la necesidad de resultados inmediatos, puede conducir a mejores resultados a lo largo de sus vidas; por ejemplo, menor consumo de tabaco, alcohol y otras drogas. Existe evidencia de que las intervenciones sobre la atención, la autorregulación y las habilidades reflexivas mejoran la paciencia a una edad muy temprana.

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Otra lección es que los colegas son importantes. Las redes de amistad dentro del aula se asocian con patrones de comportamiento similares, lo que abre la puerta a que ciertas intervenciones educativas generen efectos indirectos, aunque identificar estos mecanismos causales sigue siendo un desafío. Por ejemplo, programas de autocontrol y cambios en la composición de grupos o acciones sobre estudiantes influyentes.

Mediciones con impacto académico

Finalmente, nuestros resultados indican que medir la paciencia de los estudiantes podría proporcionar información valiosa. Dado que existen herramientas sencillas para hacerlo, incorporar este tipo de mediciones podría ayudar a comprender mejor las diferencias en el rendimiento académico y diseñar políticas educativas más efectivas.

En resumen, si queremos mejorar los resultados educativos, quizás deberíamos ir más allá del conocimiento y estudiar la toma de decisiones. La educación en la toma de decisiones, especialmente en cómo equilibrar los beneficios presentes y futuros, no sólo afecta el rendimiento académico, sino que también es una herramienta esencial para la vida.


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